oraciones sucias

Fernández Porta y la alteridad  
La palabra-argamasa estructura y algunas de sus derivaciones, todas muy de departamento universitario (macroestructura, estructural, ¡destructivista!…), aparece unas treinta veces en el último libro de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974), showman a tiempo completo y, nos dicen, «fino analista» de la realidad a tiempo parcial. La palabra relacional y sus vástagos (¡relacionalistas!) tiene aún más bolos: 60. Dejo en manos de los lectores la decisión, pero declino toda responsabilidad por los efectos secundarios provocados por párrafos como éste: «En esta situación de dominación estructural y práctica de lo relacional, la esfera de los vínculos intersubjetivos queda codificaday tecnificada como dispositivo de tratos lejanos, de media distancia, instrumentales o financieros, pero he aquí que esa esfera (…) es abordada con criterios críticos, éticos, ecológicos y preventivos que reformulan ese mundo relacional y lo tiñen con tonos y colores personales». A mí me conduce, como diría Fernández, a una «alteridad». De estructura alelada.
Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta). Anagrama / 272 pgs. / 19,9 euros (ebook: 14,99)
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Fernández Porta y la alteridad 

La palabra-argamasa estructura y algunas de sus derivaciones, todas muy de departamento universitario (macroestructura, estructural, ¡destructivista!…), aparece unas treinta veces en el último libro de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974), showman a tiempo completo y, nos dicen, «fino analista» de la realidad a tiempo parcial. La palabra relacional y sus vástagos (¡relacionalistas!) tiene aún más bolos: 60. Dejo en manos de los lectores la decisión, pero declino toda responsabilidad por los efectos secundarios provocados por párrafos como éste: «En esta situación de dominación estructural y práctica de lo relacional, la esfera de los vínculos intersubjetivos queda codificaday tecnificada como dispositivo de tratos lejanos, de media distancia, instrumentales o financieros, pero he aquí que esa esfera (…) es abordada con criterios críticos, éticos, ecológicos y preventivos que reformulan ese mundo relacional y lo tiñen con tonos y colores personales». A mí me conduce, como diría Fernández, a una «alteridad». De estructura alelada.

Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta). Anagrama / 272 pgs. / 19,9 euros (ebook: 14,99)

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El vaivén de los cantantes resfriados
La bossa nova es el único estilo musical en cuyo regazo no suena ridículo un diminutivo. Aunque con esa dignidad debería bastar, hay más argumentos: es el género más cosmopolita y plural tras los esperantos de la música popular del siglo XX, el rock y el jazz. Como éstos, ha maridado con otros sonidos y su cadencia puede apreciarse en el loungue, el drum’n’bass, el tecno y otras bastardías. Uno más: el gurú del estilo, Tom Jobim (1927-1994), tiene tantos discos como Ella Fitzgerald y, al igual que ella, es venerado por personas de todas las razas y ambientes.
La caricia fundacional de la bossa acaba de cumplir 50 años. Se titulaba Chega de saudade: un minutos y 49 segundos de murmullo de João Gilberto (1931) sobre una batida sincopada de Jobim y una letra de Vinicius de Moraes (1913-1980): Dentro de mis brazos los abrazos / Van a ser millones de abrazos / Apretado así, colado así, callado así / Abrazos y besitos y cariños sin fin.
Desde entonces, julio de 1958, no queda duda: dices bossa nova y dices toalla en la arena, botiquín sentimental, el vaivén de un barco fermentando en el alma…
Cuenta el periodista e historiador Ruy Castro que nadie adulto en Brasil puede olvidar dónde estaba y qué hacía cuando escuchó la templada tristeza de Gilberto. Mientras la vieja guardia de la música popular se tiraba de los pelos («tiene voz de resfiado y oído de tuberculoso», decían), la revuelta se extendía calle adelante.
En pocos años, la bossa nova era el sónido del país y calaba en todos los continentes. Los patriarcas del jazz estadounidense fueron los primeros en reconocer la revolución que llegaba desde los pequeños clubes nocturnos de Río de Janeiro. La élite de la revuelta era una pandilla de jóvenes de clase media, hastiados de la universidad, diletantes, bebedores y habitantes de la playa. Se tomaban a choteo las críticas (en el pecho de los desafinados también late un corazón, dice una de las más bellas canciones de Jobim) y buscaban un modo expresivo más puro que sus mayores, enamorados del falso latinismo que vendían desde Hollywood.
Su revolución no fue nada tranquila. Castro enumera las cinco «grandes agresiones» que sufrió la bossa: la de los músicos mayores, que la consideraban un estilo «de afeminados»; la de los «ritmos extranjeros», todos bailables y bastante simplones (rock, cha-cha-cha, twist); la «agresión por omisión» de los medios de comunicación, sobre todo de la poderosísima Radio Nacional, que la «ignoró completamente»; la «agresión política» que sufrieron buena parte de los músicos al alinearse con la izquierda y el «silencio» social de los años 70 y 80, cuando Brasil «dio la espalda» al género.
En este medio siglo, la bossa ha poblado los rincones del mundo –incluso las salas de espera médica y los restaurantes pijos- con música casi intangible, levísima, descriptiva con maneras impresionistas del Brasil más sosegado y existencial, un territorio donde, dado el esplendor de lo circundante, basta decir poco y con humildad.
La lista de grandes intérpretes es agotadora e indiscutible la influencia de aquella nueva ola en Gilberto Gil, Chico Buarque, Milton Nascimento, Caetano Veloso y otros muchos tropicalistas.
Si usted ha llegado tarde, el mejor acercamiento a la bossa es Brasileiro, una caja de ocho compactos con lo mejor del gran Jobim. Sus canciones, hielo en el vaso de agua, se derriten como si derretirse fuese el lento y natural progreso de un amor inflamado. Menos onerosa es la inversión en el doble recopilatorio 1958-2008: 50 años de Bossa Nova, (Universal Music, 17 €) o en alguno de los cincuenta discos que reedita esta misma empresa para celebrar el medio siglo de la música en slow motion que permite entender lo inútil de cualquier esfuerzo.
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El vaivén de los cantantes resfriados

La bossa nova es el único estilo musical en cuyo regazo no suena ridículo un diminutivo. Aunque con esa dignidad debería bastar, hay más argumentos: es el género más cosmopolita y plural tras los esperantos de la música popular del siglo XX, el rock y el jazz. Como éstos, ha maridado con otros sonidos y su cadencia puede apreciarse en el loungue, el drum’n’bass, el tecno y otras bastardías. Uno más: el gurú del estilo, Tom Jobim (1927-1994), tiene tantos discos como Ella Fitzgerald y, al igual que ella, es venerado por personas de todas las razas y ambientes.

La caricia fundacional de la bossa acaba de cumplir 50 años. Se titulaba Chega de saudade: un minutos y 49 segundos de murmullo de João Gilberto (1931) sobre una batida sincopada de Jobim y una letra de Vinicius de Moraes (1913-1980): Dentro de mis brazos los abrazos / Van a ser millones de abrazos / Apretado así, colado así, callado así / Abrazos y besitos y cariños sin fin.

Desde entonces, julio de 1958, no queda duda: dices bossa nova y dices toalla en la arena, botiquín sentimental, el vaivén de un barco fermentando en el alma…

Cuenta el periodista e historiador Ruy Castro que nadie adulto en Brasil puede olvidar dónde estaba y qué hacía cuando escuchó la templada tristeza de Gilberto. Mientras la vieja guardia de la música popular se tiraba de los pelos («tiene voz de resfiado y oído de tuberculoso», decían), la revuelta se extendía calle adelante.

En pocos años, la bossa nova era el sónido del país y calaba en todos los continentes. Los patriarcas del jazz estadounidense fueron los primeros en reconocer la revolución que llegaba desde los pequeños clubes nocturnos de Río de Janeiro. La élite de la revuelta era una pandilla de jóvenes de clase media, hastiados de la universidad, diletantes, bebedores y habitantes de la playa. Se tomaban a choteo las críticas (en el pecho de los desafinados también late un corazón, dice una de las más bellas canciones de Jobim) y buscaban un modo expresivo más puro que sus mayores, enamorados del falso latinismo que vendían desde Hollywood.

Su revolución no fue nada tranquila. Castro enumera las cinco «grandes agresiones» que sufrió la bossa: la de los músicos mayores, que la consideraban un estilo «de afeminados»; la de los «ritmos extranjeros», todos bailables y bastante simplones (rock, cha-cha-cha, twist); la «agresión por omisión» de los medios de comunicación, sobre todo de la poderosísima Radio Nacional, que la «ignoró completamente»; la «agresión política» que sufrieron buena parte de los músicos al alinearse con la izquierda y el «silencio» social de los años 70 y 80, cuando Brasil «dio la espalda» al género.

En este medio siglo, la bossa ha poblado los rincones del mundo –incluso las salas de espera médica y los restaurantes pijos- con música casi intangible, levísima, descriptiva con maneras impresionistas del Brasil más sosegado y existencial, un territorio donde, dado el esplendor de lo circundante, basta decir poco y con humildad.

La lista de grandes intérpretes es agotadora e indiscutible la influencia de aquella nueva ola en Gilberto Gil, Chico Buarque, Milton Nascimento, Caetano Veloso y otros muchos tropicalistas.

Si usted ha llegado tarde, el mejor acercamiento a la bossa es Brasileiro, una caja de ocho compactos con lo mejor del gran Jobim. Sus canciones, hielo en el vaso de agua, se derriten como si derretirse fuese el lento y natural progreso de un amor inflamado. Menos onerosa es la inversión en el doble recopilatorio 1958-2008: 50 años de Bossa Nova, (Universal Music, 17 €) o en alguno de los cincuenta discos que reedita esta misma empresa para celebrar el medio siglo de la música en slow motion que permite entender lo inútil de cualquier esfuerzo.

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Bebel no advierte como el viento depila los árboles

Acaba de pasar por San Francisco Bebel Gilberto.

El apellido merece un respeto: es hija de João Gilberto, el cascarrabias con menos voz del mundo pero con las voces de todo el mundo contenidas en su voz, el primero en cantar en el anti-ritmo más sedoso, el mejor botiquín espiritual del siglo XX, el bossa nova, que inauguró con Chega de saudade (1958), una de las tres canciones más bellas de todos los tiempos —no sería exagerado adjudicarle también las otras dos: Desafinado y Águas de Março—. Todas las compuso otro loco sedoso, Antonio Carlos Tom Jobim, con quien João fantaseaba, whisky on the rocks en mano, sobre la cualidad melódica de las olas que se diluyen en la arena o el percusivo diapasón de las caderas de las muchachas.

Que hable del padre antes que de la hija revela lo suficiente como para eludir la crítica frontal con cierta elegancia. Seguiré por esa senda uno o dos párrafos más.

Cuando era aún un adolescente y, por razones legales, todavía estaba obligado a admitir órdenes, a João Gilberto lo llevaron al psiquiatra. La familia quería quitarle de la cabeza la idea de ser poeta y cantante de samba. No les parecía saludable que se encerrara ocho horas al día en el cuarto de baño para ensayar con la voz de un ahogado, buscando el blanco rebote del sonido en el alicatado.

En la consulta, asomado a la ventana, el joven João dijo al doctor: “Mire como el viento depila los árboles”. Con el grado de imaginación propio del gremio, el bata blanca señaló: "Pero los árboles no tienen pelo, João". La réplica fue, además de certera, merecida:

— Y algunas personas no tienen poesía.

Dudo que Bebel Gilberto fuese capaz de emular a su santo padre. Su concierto en el teatro Herbst —fundado por los veteranos de guerra en 1945— fue correcto, con momentos de dulce tibieza y sonido perfecto (en el sentido mecánico: nada fuera de su sitio y la sensación perenne de que los músicos podrían ser sustituidos por androides sin que afectase al resultado), pero con muy poco espacio abierto para la poesía que anida en el error y los tropiezos.

El concierto, organizado por el Instituto Familiar de la Raza (una empresa sin ánimo de lucro dedicada a la ayuda a inmigrantes) y producido por la promotora La Bohemia, justificó por qué la cantante ha optado por residir en los EE UU —dondé nació, en Nueva York en 1966— y adoptar la muy apreciada por estos lares mística del loungue: ese filtro emocional que elimina todas las aristas de cualquier género y lo convierte en candidato a los Grammy.

Sea jazz, blues, pop o latino, el longue puede distinguirse según dos axiomas. Uno: toda aquella música que te permite bailar con una bebida en la mano en la mano y no derramar una sola gota sobre el traje caro y recién salido de la lavandería. Dos: canciones que quedan bien como fondo de cocktail parties, social gatherings, special events y cenas de postín, pero que jamás serán solicitadas como último deseo por un condenado a muerte.

Correcta, rumbosa, elegante y con el grado de picardía necesario para no parecer conservadora, la hija de João carece del don de advertir como el viento depila las hojas de los árboles.

[más]

Danzando con NabokovUna de las razones que justifican la convivencia con el desatino de la vida es poder leer una y otra vez a Vladimir Nabokov (1899-19779. La editorial Anagrama rescata la nouvelle Cosas transparentes, publicada en 1973. El libro, inencontrable en español desde los años ochenta, está tejido, y con Nabokov el verbo tejer debe ser considerado epifánico, en torno a la «maraña de destinos casuales» que afectan a Hugh Person, un entre cómico y trágico editor estadounidense que visita la muy aburrida Suiza cuatro veces a lo largo de su vida. En el incomparable tono extático del autor ruso (solamente a él pueden corresponder párrafos como este: «Cielo y tierra habían perdido todo color. Llovía, o había un amago de lluvia, o no llovía en absoluto, pero en cualquier caso parecía que llovía de una manera que sólo ciertos dialectos nórdicos antiguos pueden expresar verbalmente o no expresar, sino versionar, por así decirlo, a través del espectro de un sonido producido por la llovizna en una confusión de agradecidos rosales») y dado que «la vida humana puede compararse a una persona que danza de mil maneras alrededor de su propio yo», cada viaje es el movimiento de un ballet inevitable: el amor, el crimen, la impotencia, el epitafio.
Cosas transparentes / Anagrama 
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Danzando con Nabokov

Una de las razones que justifican la convivencia con el desatino de la vida es poder leer una y otra vez a Vladimir Nabokov (1899-19779. La editorial Anagrama rescata la nouvelle Cosas transparentes, publicada en 1973. El libro, inencontrable en español desde los años ochenta, está tejido, y con Nabokov el verbo tejer debe ser considerado epifánico, en torno a la «maraña de destinos casuales» que afectan a Hugh Person, un entre cómico y trágico editor estadounidense que visita la muy aburrida Suiza cuatro veces a lo largo de su vida. En el incomparable tono extático del autor ruso (solamente a él pueden corresponder párrafos como este: «Cielo y tierra habían perdido todo color. Llovía, o había un amago de lluvia, o no llovía en absoluto, pero en cualquier caso parecía que llovía de una manera que sólo ciertos dialectos nórdicos antiguos pueden expresar verbalmente o no expresar, sino versionar, por así decirlo, a través del espectro de un sonido producido por la llovizna en una confusión de agradecidos rosales») y dado que «la vida humana puede compararse a una persona que danza de mil maneras alrededor de su propio yo», cada viaje es el movimiento de un ballet inevitable: el amor, el crimen, la impotencia, el epitafio.

Cosas transparentes / Anagrama

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Punto muerto
Los camilleros meten al hombre en la ambulancia tras amarrarle con cintas negras el pecho y las piernas de tal forma que parece llevar brazaletes de luto por sí mismo e  inclinan el armazón de la camilla en un ángulo reducido pero suficiente para que los demás veamos la cara del hombre, exhibido en el plató de la tarde de septiembre,  alumbrado por las luces de emergencia de la ambulancia, besando fosfóricas los labios del hombre, a quien manejan los camilleros con trajes de luminotecnia y modales entre aburridos y enojados porque los automovilistas esperan “en punto muerto”, como dice uno de ellos en una broma feroz que no tiene en cuenta al hombre o tal vez sí, porque quizá todos tenemos en cuenta al hombre y asistimos al alzamiento, la nueva crucifixión hacia el interior cromado del vehículo de asistencia, detenidos en un satori que armoniza con la cadencia de la radiofórmula que el cien por cien de los automóviles sintonizan mientras esperan que termine el proceso mecánico, calculado para causar el menor trastorno posible a la productiva tarde urbana de septiembre, coagulada y en la que nadie se mueve excepto la pareja de camilleros, en una pieza de teatro enigmático pero irreprochable cuando el dispositivo hidráulico hace crac en un volátil gemido, dando a entender a todos, porque sabemos interpretar los códigos del ruido gracias a la publicidad y los vídeo clips, que estamos en el segundo nudo de la trama, cuando las barras de aleación ligera de la camilla, fabricada por la misma corporación que produce las papillas  que comen nueve de cada diez bebés occidentales, son trabadas y ancladas dentro de la ambulancia, devolviendo al hombre a la horizontalidad y los camilleros cierran el doble portón trasero en una secuencia sin cortes y avanzan hacia la cabina de la ambulancia, que arranca y sale de escena por la derecha.
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Punto muerto

Los camilleros meten al hombre en la ambulancia tras amarrarle con cintas negras el pecho y las piernas de tal forma que parece llevar brazaletes de luto por sí mismo e  inclinan el armazón de la camilla en un ángulo reducido pero suficiente para que los demás veamos la cara del hombre, exhibido en el plató de la tarde de septiembre,  alumbrado por las luces de emergencia de la ambulancia, besando fosfóricas los labios del hombre, a quien manejan los camilleros con trajes de luminotecnia y modales entre aburridos y enojados porque los automovilistas esperan “en punto muerto”, como dice uno de ellos en una broma feroz que no tiene en cuenta al hombre o tal vez sí, porque quizá todos tenemos en cuenta al hombre y asistimos al alzamiento, la nueva crucifixión hacia el interior cromado del vehículo de asistencia, detenidos en un satori que armoniza con la cadencia de la radiofórmula que el cien por cien de los automóviles sintonizan mientras esperan que termine el proceso mecánico, calculado para causar el menor trastorno posible a la productiva tarde urbana de septiembre, coagulada y en la que nadie se mueve excepto la pareja de camilleros, en una pieza de teatro enigmático pero irreprochable cuando el dispositivo hidráulico hace crac en un volátil gemido, dando a entender a todos, porque sabemos interpretar los códigos del ruido gracias a la publicidad y los vídeo clips, que estamos en el segundo nudo de la trama, cuando las barras de aleación ligera de la camilla, fabricada por la misma corporación que produce las papillas  que comen nueve de cada diez bebés occidentales, son trabadas y ancladas dentro de la ambulancia, devolviendo al hombre a la horizontalidad y los camilleros cierran el doble portón trasero en una secuencia sin cortes y avanzan hacia la cabina de la ambulancia, que arranca y sale de escena por la derecha.

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Antenas
El sombrero oculta dos heridas. El sombrero es ridículo pero las heridas son ciertas, peladas como fruta madura. Están situadas en la piel del cráneo, a la altura de las suturas coronales, sobre el parietal, en ambos hemisferios. Equidistantes, dos joyas, ideogramas oxidados. Me las hice con mis propios dedos, mis niños grises devoradores. Empiezas a perforar, encuentras en las escoriaciones un sentido de jeroglífico y sigues, con un mutismo de ceremonia, agrandando las desolladuras hasta la sangre y más allá. Los algonquinos, pobladores superhumanos de la Arcadia  animista de una América que todavía no era América, celebraban la serenidad ante las torturas y elevaban a categoría de hombre verdadero al estoico. Sólo yo tengo derecho a dirigir mi powwow: a nadie implico en mis heridas, a nadie molesto con el daño. Nací cuando ya era viejo y soy flemático desde entonces. Los médicos se extrañaron de las arrugas de mi piel, demasiado intensas para tratarse de un mecanismo de defensa fetal contra el mundo, y de la parsimonia con que aceptaba las penosas manipulaciones iniciales a las que fui sometido en la sala de partos. Miré con ojos de búsqueda a la comadrona que me lavaba y, más tarde, cuando me colocaron sobre el pecho de mi madre, no secundé las muecas simiescas de los recién nacidos sino que me dispuse a esperar, sabiendo que, al no pertenecerme ninguna decisión, toda protesta era solamente una pérdida de energía. Esa misma templanza me acompaña hasta hoy. No malgasté el tiempo, aunque no seré tan orgulloso como para afirmar que logré escapar de su carácter fugitivo. Soy un hombre cansado, abrumado por la escasa luz de una vida sin destino. Vivo de las migajas de una pensión social. A pesar de la palpable soledad que me rodea, no reniego: estoy cómodo en este cuarto, abierto a una calle bulliciosa; me gusta alumbrarme con el quinqué de queroseno; la dieta de té verde es una bendición para mis entrañas trajinadas. Agoto las horas en mutilarme el cuero cabelludo, la casa de los sueños, el desván del optimismo que deseo emponzoñar. Cuando las heridas se resecan, mojo un pañuelo y las froto para ablandarlas antes de retornar a la excavación. Luego utilizo el mismo pañuelo, ya teñido de rojo, para aclararme los ojos. La sangre aguada filtra la mirada, la agudiza. Tengo agujeros en la cabeza. Bajo el sombrero ridículo, dos antenas para entender el galimatías se hunden en mi cerebro.
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Antenas

El sombrero oculta dos heridas. El sombrero es ridículo pero las heridas son ciertas, peladas como fruta madura. Están situadas en la piel del cráneo, a la altura de las suturas coronales, sobre el parietal, en ambos hemisferios. Equidistantes, dos joyas, ideogramas oxidados. Me las hice con mis propios dedos, mis niños grises devoradores. Empiezas a perforar, encuentras en las escoriaciones un sentido de jeroglífico y sigues, con un mutismo de ceremonia, agrandando las desolladuras hasta la sangre y más allá. Los algonquinos, pobladores superhumanos de la Arcadia  animista de una América que todavía no era América, celebraban la serenidad ante las torturas y elevaban a categoría de hombre verdadero al estoico. Sólo yo tengo derecho a dirigir mi powwow: a nadie implico en mis heridas, a nadie molesto con el daño. Nací cuando ya era viejo y soy flemático desde entonces. Los médicos se extrañaron de las arrugas de mi piel, demasiado intensas para tratarse de un mecanismo de defensa fetal contra el mundo, y de la parsimonia con que aceptaba las penosas manipulaciones iniciales a las que fui sometido en la sala de partos. Miré con ojos de búsqueda a la comadrona que me lavaba y, más tarde, cuando me colocaron sobre el pecho de mi madre, no secundé las muecas simiescas de los recién nacidos sino que me dispuse a esperar, sabiendo que, al no pertenecerme ninguna decisión, toda protesta era solamente una pérdida de energía. Esa misma templanza me acompaña hasta hoy. No malgasté el tiempo, aunque no seré tan orgulloso como para afirmar que logré escapar de su carácter fugitivo. Soy un hombre cansado, abrumado por la escasa luz de una vida sin destino. Vivo de las migajas de una pensión social. A pesar de la palpable soledad que me rodea, no reniego: estoy cómodo en este cuarto, abierto a una calle bulliciosa; me gusta alumbrarme con el quinqué de queroseno; la dieta de té verde es una bendición para mis entrañas trajinadas. Agoto las horas en mutilarme el cuero cabelludo, la casa de los sueños, el desván del optimismo que deseo emponzoñar. Cuando las heridas se resecan, mojo un pañuelo y las froto para ablandarlas antes de retornar a la excavación. Luego utilizo el mismo pañuelo, ya teñido de rojo, para aclararme los ojos. La sangre aguada filtra la mirada, la agudiza. Tengo agujeros en la cabeza. Bajo el sombrero ridículo, dos antenas para entender el galimatías se hunden en mi cerebro.

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Playa infinita
No sabes por qué has terminado aquí, en el escenario dominical del mar, la enorme asignatura, el dolor de cabeza del cielo, doblado en pliegues, clandestino en esas matemáticas de idas y regresos que ya no puedes traducir… En otro tiempo —no demasiado lejano: aún tienes la quemadura del recuerdo en la piel— el mar salpicaba a los perritos de las parejas deportivas. El mar en domingo era correcto, nada brusco, incluso tímido: permitía el abrazo y la convención de una merienda de clase media, moldeaba la alegría como si la alegría fuese una patria dócil. El mar te admitía y, pese a las trampas mecánicas que empezaban cada lunes, allí estabas, frente al mar, alumbrado por sirenas y naufragios, fronteras imaginadas y futuro… ¿Cómo has terminado así, intentado traducir el idioma descosido de los ahogados? ¿Quién es culpable de que tengas ahora tanto miedo al mar como al blanco de los quirófanos? Desde la cóncava región de musgo de la única roca que te sostiene, no eres capaz de responder. Estás anulado en la contemplación de un jeroglífico mandado a construir por un dios necio y sus sicarios. Eres una persona instruida, un hijo de los tiempos, el orgullo de mamá, ¿qué puedes sacar en claro de esta soledad casi aeroportuaria, lejos de los lápices, el horizonte y la voluntad? Mientras el agua asciende hacia tus pantorrillas, arruinando las deportivas y despertando algún sentido que considerabas aletargado, despliegas la imagen cierta de un mundo de infinitos arenales, extendido como una sábana santa en torno a los territorios de la miseria y la soledad. En cada arenal aguarda una persona como tú, habitante de un cuadro inexplicable trazado por un pintor demente. Tienes el derecho a pensar que cada uno de vosotros es una proyección del anterior y un esbozo del siguiente, que la repetición no conlleva unanimidad pero determina una simbiosis, leve pero suficiente para que haya al menos un afán común al que no merece la pena asignar un nombre, porque donde uno dirá justicia, otro escribirá respeto, un tercero rebelión y todos diréis lo mismo, las palabras que fundarán la hermandad de los varados, el sindicato de los lobos que acechan en los pliegues de las playas, las palabras que traerán de vuelta el verano, las meriendas y los lápices… En cada playa, desde el primer lobo hasta el que aún está naciendo, el aullido ha de ser el mismo: “¡No somos de arena!”.
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Playa infinita

No sabes por qué has terminado aquí, en el escenario dominical del mar, la enorme asignatura, el dolor de cabeza del cielo, doblado en pliegues, clandestino en esas matemáticas de idas y regresos que ya no puedes traducir… En otro tiempo —no demasiado lejano: aún tienes la quemadura del recuerdo en la piel— el mar salpicaba a los perritos de las parejas deportivas. El mar en domingo era correcto, nada brusco, incluso tímido: permitía el abrazo y la convención de una merienda de clase media, moldeaba la alegría como si la alegría fuese una patria dócil. El mar te admitía y, pese a las trampas mecánicas que empezaban cada lunes, allí estabas, frente al mar, alumbrado por sirenas y naufragios, fronteras imaginadas y futuro… ¿Cómo has terminado así, intentado traducir el idioma descosido de los ahogados? ¿Quién es culpable de que tengas ahora tanto miedo al mar como al blanco de los quirófanos? Desde la cóncava región de musgo de la única roca que te sostiene, no eres capaz de responder. Estás anulado en la contemplación de un jeroglífico mandado a construir por un dios necio y sus sicarios. Eres una persona instruida, un hijo de los tiempos, el orgullo de mamá, ¿qué puedes sacar en claro de esta soledad casi aeroportuaria, lejos de los lápices, el horizonte y la voluntad? Mientras el agua asciende hacia tus pantorrillas, arruinando las deportivas y despertando algún sentido que considerabas aletargado, despliegas la imagen cierta de un mundo de infinitos arenales, extendido como una sábana santa en torno a los territorios de la miseria y la soledad. En cada arenal aguarda una persona como tú, habitante de un cuadro inexplicable trazado por un pintor demente. Tienes el derecho a pensar que cada uno de vosotros es una proyección del anterior y un esbozo del siguiente, que la repetición no conlleva unanimidad pero determina una simbiosis, leve pero suficiente para que haya al menos un afán común al que no merece la pena asignar un nombre, porque donde uno dirá justicia, otro escribirá respeto, un tercero rebelión y todos diréis lo mismo, las palabras que fundarán la hermandad de los varados, el sindicato de los lobos que acechan en los pliegues de las playas, las palabras que traerán de vuelta el verano, las meriendas y los lápices… En cada playa, desde el primer lobo hasta el que aún está naciendo, el aullido ha de ser el mismo: “¡No somos de arena!”.

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te conocí en un aeropuerto vacíoentre aviones empujados hacia el marpor las palabras descosidas de tantos pasajeros muertos
los dedos largos de tu faldaacariciaban la tardeen las pistas crecían malas hierbasuna que otra flor rústica
presumiste de las sombrasson ideas, nubes sin rumbo, dijiste ésta será nuestra casa, dijistesiempre podremos volar
con la noche llegó el fríonecesitabas una chaquetaencendí palos secos para tila música no es necesaria en el silencio
tal vez podamos decir sin labios, dijiste(siempre me anticipas)mientras las visiones crecían como niños bien alimentados,brincando en tu pelo
para desayunar filtramos rocíovendría bien representar destinos imposibles, dijisteeso es todo, soñar destinos imposibles, contesté

con certeza de ingenieros, recorrimoslas balizas muertas: una luz roja, una luz azulsin embargo, era tu faldatodavía, la que alumbraba mejor
probamos a masticar bulbos secos y tierra quemada los animales nos enseñaban a cazarescribimos en el cemento órdenes de aterrizajecon el lápiz milagroso que esperaba en una grieta
"sin retorno", escribiste tú"sin retorno", copié yo

te conocí en un aeropuerto vacío
entre aviones empujados hacia el mar
por las palabras descosidas 
de tantos pasajeros muertos

los dedos largos de tu falda
acariciaban la tarde
en las pistas crecían malas hierbas
una que otra flor rústica

presumiste de las sombras
son ideas, nubes sin rumbo, dijiste 
ésta será nuestra casa, dijiste
siempre podremos volar

con la noche llegó el frío
necesitabas una chaqueta
encendí palos secos para ti
la música no es necesaria en el silencio

tal vez podamos decir sin labios, dijiste
(siempre me anticipas)
mientras las visiones crecían como niños bien alimentados,
brincando en tu pelo

para desayunar filtramos rocío
vendría bien representar destinos imposibles, dijiste
eso es todo, soñar 
destinos imposibles, contesté

con certeza de ingenieros, recorrimos
las balizas muertas: una luz roja, una luz azul
sin embargo, era tu falda
todavía, la que alumbraba mejor

probamos a masticar bulbos secos y tierra quemada 
los animales nos enseñaban a cazar
escribimos en el cemento órdenes de aterrizaje
con el lápiz milagroso que esperaba en una grieta

"sin retorno", escribiste tú
"sin retorno", copié yo

El reclamo de Frida Kahlo no suele fallar. Admirada hasta la veneración, perseguida por las celebrities —Madonna no deja escapar una subasta—, centro de un negocio que a ella le hubiera parecido obsceno —la Frida Kahlo Corporation—, utilizada para ilustrar sellos de correos y billetes de banco, biografiada en películas malas, reducida a la condición de maniquí en muñecas larguiruchas, inspiradora de manuales que te enseñan a “vestirte como Frida” y colecciones de alta costura de Jean Paul Gaultier —ya saben, el de los corsés que valen un riñón—, la artista que hizo del dolor un auto de fé mientras mantenía abiertas todas las heridas de la contradicción (creía en el estalinismo, pero se llevó a la cama a Trostky; abjuraba del patriarcado, pero se dejaba ningunear por el perverso Diego Rivera) murió como una santa roja, envuelta en la bandera comunista y con el más que posible suicidio ocultado por los amigotes porque los comunistas, según el credo, no se matan.

Las Fridas actualizadas de las ilustraciones que abren esta entrada forman parte de una exposición itinerante que ha recalado en San Francisco: The Fashion World of Jean Paul Gaultier: From the Sidewalk to the Catwalk (El mundo de la moda de Jean Paul Gaultier: de la acera a la pasarela). Es una muestra sobre el rutilante diseñador que exhibe hasta el 19 de agosto el Museo deYoung, una de las pinacotecas públicas —aunque el arte en los EE UU nunca es del todo público: el patronazgo y el mecenazgo privados siempre están en el ajo— de la ciudad.

Con la excusa de la exposición, el museo convocó el sábado el casting Viva Frida! From the Bluehouse to the Catwalk (¡Viva Frida! De la Casa Azul a la pasarela): un llamamiento a mujeres dipuestas a emular a la artista en la categoría Frida tradicional o proyectarla hacia el presente en la de Frida ahora. Las seleccionadas participarán en un desfile de moda “al estilo Gaultier” el 29 de junio.

Retraté y hablé con algunas de las Fridas que se presentaron a la convocatoria.

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Verde
El cajero automático escupió un papel que decía: “Señor González, es usted un pobre diablo”. La mujer de la limpieza sonrió a través del cristal, mientras yo adivinaba la pistola, asomando bajo la bata azul. “Yo también tengo un arma”, dije en voz alta. “¡Tengo mi conciencia, mi integridad!”. Quise abrazar a alguien y tuve vergüenza, quise escribir una carta y no encontré a quién enviarla porque ya no tengo direcciones, sólo e-mails. Fui a ver mis padres, pero estaban en el gran almacén, fui al gran almacén y un dependiente me aplicó la Ley, fui a denunciarlo y me leyeron mis derechos, salí a la calle y me habían robado el esternón. Recordé, por orden alfabético, a las mujeres de mi vida: tres de cada cuatro son ahora funcionarias del Estado. Las otras no me hablan. Mientras desandaba la ciudad en obras, todas diseñadas por el mismo dibujante de tebeos con opción a roce, me entregaron octavillas que ofrecían reglamentos de jiu-jitsu, muestras de vello púbico de las familias reales de Europa y un listado de cursos de vida sana impartidos por CEOs de joint ventures. En casa, el gato vomitó la lata de Whiskas Gourmet —salmón con trufas— sobre la colección de discos y el boletín mensual de Amnistía Internacional. El contestador automático se había reencarnado en un comisario de exposiciones en maniobras. El cartero dejó una carta de mi abuelo, muerto en el Frente de Teruel. Con la baba goteando sobre la camisa, abrí el último premio universal de narrativa (limitado a escritores menores de veinte años, fotogénicos y folladores). Estaba escrito en gaélico. Lo entendí. “Como en Irlanda, como en Irlanda”, dije, mientras la sangre golpeaba en los rompientes, contra las sienes, y yo pensaba en todas las formas de muerte posibles para el maldito gato de ojos verdes.
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Verde

El cajero automático escupió un papel que decía: “Señor González, es usted un pobre diablo”. La mujer de la limpieza sonrió a través del cristal, mientras yo adivinaba la pistola, asomando bajo la bata azul. “Yo también tengo un arma”, dije en voz alta. “¡Tengo mi conciencia, mi integridad!”. Quise abrazar a alguien y tuve vergüenza, quise escribir una carta y no encontré a quién enviarla porque ya no tengo direcciones, sólo e-mails. Fui a ver mis padres, pero estaban en el gran almacén, fui al gran almacén y un dependiente me aplicó la Ley, fui a denunciarlo y me leyeron mis derechos, salí a la calle y me habían robado el esternón. Recordé, por orden alfabético, a las mujeres de mi vida: tres de cada cuatro son ahora funcionarias del Estado. Las otras no me hablan. Mientras desandaba la ciudad en obras, todas diseñadas por el mismo dibujante de tebeos con opción a roce, me entregaron octavillas que ofrecían reglamentos de jiu-jitsu, muestras de vello púbico de las familias reales de Europa y un listado de cursos de vida sana impartidos por CEOs de joint ventures. En casa, el gato vomitó la lata de Whiskas Gourmet —salmón con trufas— sobre la colección de discos y el boletín mensual de Amnistía Internacional. El contestador automático se había reencarnado en un comisario de exposiciones en maniobras. El cartero dejó una carta de mi abuelo, muerto en el Frente de Teruel. Con la baba goteando sobre la camisa, abrí el último premio universal de narrativa (limitado a escritores menores de veinte años, fotogénicos y folladores). Estaba escrito en gaélico. Lo entendí. “Como en Irlanda, como en Irlanda”, dije, mientras la sangre golpeaba en los rompientes, contra las sienes, y yo pensaba en todas las formas de muerte posibles para el maldito gato de ojos verdes.

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Golden Gate Bridge: 75º aniversario y 1.600 suicidios
Con ustedes, el Golden Gate Bridge. Si el nombre nos define y perfila nuestro carácter, aquí no hay duda de la ampulosidad: el Puente de la Puerta Dorada.
Este domingo, el Golden Gate cumple 75 años. San Francisco lo celebra como si se tratase de un jubileo real.
¿Hermoso? Sin duda alguna: equilibrado, elegante, con un muy charmant diseño art déco y ese color que domina sin estridencias al azul verdoso del Pacífico —naranja internacional, el mismo tono, humildad, ninguna, que el empleado por la industria aeroespacial para señalar sus instalaciones—.
¿Admirado? Por muchos: nada menos que entre nueve y diez millones de personas cada año van al puente por el simple placer de verlo: acuden más visitantes que a ningún otro monumento del mundo. También babean los ingenieros —ese gremio de prepotentes que imaginan a la humanidad manejada por fórmulas que puede resolver una calculadora de bolsillo—, que flipan todavía con el milagro de la estructura colgante construida a lo largo de cuatro años y, hasta 1962, la más larga del mundo (1,28 kilómetros en suspensión y 2,7 si añadimos los accesos) y una de las más altas (75 metros desde la plataforma hasta el agua). El puente figura en todos los top ten de las obras de arquitectura e ingeniería más famosas del siglo XX.
¿Millonario? La duda ofende. Tanto como corresponde a una vía de comunicación entre uno de los condados más ricos de los EE UU, Marin —refugio de potentados y estrellas de cine— y San Francisco, que no se queda atrás en coste de vida astronómico. La construcción costó unos 35 millones de dólares de los años treinta, mucho dinero, sobre todo tras el crack de 1929. Si se trasladase la cantidad a día de hoy, aplicando las fórmulas económicas de ajuste, representaría 1.200 millones de dólares (casi mil millones de euros). La inversión inicial la aportó el banquero Amadeo Giannini, hijo de italianos de Liguria que se convertiría en el fundador del Bank of America —la segunda corporación financiera más poderosa de los EE UU hoy y una de las más arteras según los indignados—. El coste de la obra fue amortizado hace cincuenta años y el puente, administrado y gestionado por un ente autónomo, el Golden Gate Bridge, Highway and Transportation District (al que se le suele llamar Golden Gate District) prevé unos ingresos para este año fiscal de 167 millones de dólares (133 millones de euros), cantidad que proviene en la práctica totalidad de los 40 millones de vehículos que cruzan la estructura anualmente y pagan entre 6 dólares, los turismos, y 42, los camiones de gran tonelaje.
¿Celebrity? Es el gran puente, la magia colgante, el más cinemático: actúa en más de cien películas, entre ellas 30 grandes producciones de Hollywood, desde Vértigo (1958) a Entrevista con el vampiro (1994), y ha sido atacado en las ficciones cinematográficas por alienígenas, la Masa o  pulpos gigantes. Con las ganas se quedó, según nos cuentan los servicios de inteligencia, Al Qaeda, alguno de cuyos simpatizantes grabó vídeos del Golden Gate con interés que iba más allá de la recolección de souvenires digitales. El supuesto yihadista no llamó la atención: el puente es la obra civil más retratada y filmada del mundo por aficionados.
Desde que vivo en San Francisco he ido al puente muchas veces, de día y de noche: para admirarlo y para sorprenderme de su magnetismo icónico (en el sentido ortodoxo: un objeto que va más allá de lo simbólico para alcanzar un carácter sagrado); para mentar la madre a los japoneses con bicicletas alquiladas que están a punto de atropellarte al mínimo descuido y a los gringos que acuden para lucir el atuendo de triatleta de haute couture high tech; para mondarme con los argentinos gritando con acento barrabravista “¡que bello que sos!” y de las excursiones de bachilleres de la Costa Este que entonan el mantra nacional “¡oh my God, it’s amazing!”, para, en fin, sufrir el vértigo de la estructura móvil que, bajo los pies, se balancea con nada poético paso incesante de vehículos y el más lírico y vivificante vient0 que llega del océano, al oeste, y entra en la hermosa bahía de San Francisco, al este…
Ahora ya no puedo ver al puente con los mismos ojos de inocente recién llegado, no puedo cautivarme por el ensueño de color naranja internacional, de los cables y torres-escultura que presiden la entrada a uno de los enclaves naturales más bellos que conozco.
Algo ha cambiado en mi mirada. El Golden Gate me parece un monumento a la muerte. Aún peor: un recordatorio de que a casi nadie le importa la tragedia de sus semejantes.

El vídeo es un montaje resumido a partir de escenas del documental The Bridge (Eric Steel, 2006) —aquí pueden verlo completo, lo recomiendo—, la primera película en presentar imágenes explícitas de un tema tabú: los suicidios en el Golden Gate Bridge y la falta absoluta de voluntad política y social por evitarlos.
Desde que se inaguró, casi 1.600 personas (no hay un censo exacto) se han matado lanzándose desde el puente, el lugar del mundo desde el que más suicidios se cometen, a una media de entre dos y tres por mes.
¿Se podrían evitar los suicidios? La respuesta quizá esté en la nota que dejó una de las personas que se tiró desde el puente: "¿Por qué lo ponen tan fácil?".
Es realmente fácil si uno está decidido a morir, si crees que tu presencia en el mundo es un estorbo, si la bilis negra te ha invadido, si sufres tanto que el alivio pasa por la aniquilación. La barandilla tiene 1,20 de altura, no hace falta esfuerzo para pasar una pierna por encima sea cual sea tu talla o condición. Según el diseño original debería haber sido más alta, pero la rebajaron para no “entorpecer” la vista.
También fue una decisión de último momento, y también fue estético el razonamiento, no añadir una barrera antisuicidios en forma de malla metálica o red, tal como la que tienen, por ejemplo, el Empire State, la Torre Eiffel o todos los monumentos y puentes peatonales del mundo.
Hay dos groseras realidades en torno a la barrera-red. Primera, durante la construcción del puente hubo una red instalada para proteger a los obreros de accidentes: 19 se preciptaron al vacío y todos se salvaron. Segunda: el primer tramo del puente desde el lado de San Francisco sí tiene una malla —vean las fotos de abajo—, pero es para evitar que los posibles suicidas escojan esa zona para lanzarse, porque abajo no hay mar, sino las antiguas instalaciones militares de Fort Point y los cuerpos podrían caer sobre turistas.
El libro The Final Leap. Suicide on the Golden Gate Bridge (El último salto. El suicidio en el Golden Gate Bridge)—, escrito por John Bateson, director de un centro de prevención del suicidio y ayuda a suicidas potenciales, y editado hace unos meses por la University Of California Press, incluye un apéndice de 34 páginas de letra menuda con el nombre, apellido, edad y sexo de cada uno los suicidas de los que se tiene conocimiento hasta finales de 2010 —la misma relación, pero sin la identidad puede encontrarse en la web de la madre de uno de de ellos, un chico de 20 años, Matthew Whitmer, cuyo cuerpo nunca fue encontrado tras mandar un sms a su mejor amigo (“peace out”, una forma de decir adiós) y saltar desde el puente—.
Es la obra definitiva y más completa sobre el delicado asunto que el cuerpo socio-económico de la ciudad de San Francisco parece querer evadir: la convivencia con el monumento desde el que se matan más personas, la cíclica negativa, desde hace treinta años y siempre por motivos meramente estéticos, a colocar un sistema que disuada a los suicidas, y la amplia onda de dolor que expande el Golden Gate —por cada suicidio hay por término medio seis personas afectadas de manera directa, de modo que los 1.600 han causado un intensísimo e incurable dolor a casi 10.000 personas—.
"Si hay red, los suicidas se irán a otro lugar para suicidarse", se podría arguir. Los especialistas dicen que no, que el fácil acceso al lugar (andando), la ridícula barandilla, la muerte casi segura tras la caida —impacto con el agua a 120 kilómetros por hora, rotura de casi todos los huesos y órganos internos vitales del cuerpo y laceraciones gravísimas— y también el magnetismo del lugar (lo que el padre de un suicida llamó "el mito de la muerte limpia y perfecta, la regla dorada del suicidio") tienen mucho que ver con la elección. Otro dato: ninguno de los escasos 32 supervivientes declaró que tuviera un plan alternativo de suicidio, otra localización.
Hay demasiado sinsentido en torno al asunto. Unos cuantos ejemplos: las cámaras de vídeo-vigilancia están dedicadas prioritariamente a asuntos de “seguridad nacional”, es decir y hablando en plata, a vigilar personas con aspecto árabe; los teléfonos ‘anti-crisis’ situados en las entradas del puente no conectan con especialistas en prevención de suicidios, sino con la Policía; las farolas del puente están numeradas para que sea más fácil a los testigos avisar desde donde saltan los suicidas…
Muchos padres de suicidas se han agrupado en The Bridge Rail Foundation, cuyo fin primordial es conseguir que el Golden Gate Bridge District decida de una vez colocar una red.
Tras mucha reacción negativa de las autoridades y de la opinión pública —el turismo es la principal industria de San Francisco y el Golden Gate es la joya de la corona de la ciudad, la gran dinamo que pone en funcionamiento muchas cajas registradoras—, los gestores del puente aprobaron en 2010, refunfuñando, la instalación de la red.
El estudio técnico previo lo pagaron fondos estatales (7 millones de dólares). Concluyeron que el sistema costaría 50 millones (40 millones de euros). Ahora, el District dice que no tiene dinero para afrontar la inversión.
Podían empezar ahorrando el millón y medio de dólares del festival pirotécnico de mañana para celebrar el 75º aniversario. Lanzar fuegos de artificio en un trampolín desde el que han saltado hacia la muerte 1.600 seres humanos no es de buen gusto.
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Golden Gate Bridge: 75º aniversario y 1.600 suicidios

Con ustedes, el Golden Gate Bridge. Si el nombre nos define y perfila nuestro carácter, aquí no hay duda de la ampulosidad: el Puente de la Puerta Dorada.

Este domingo, el Golden Gate cumple 75 años. San Francisco lo celebra como si se tratase de un jubileo real.

¿Hermoso? Sin duda alguna: equilibrado, elegante, con un muy charmant diseño art déco y ese color que domina sin estridencias al azul verdoso del Pacífico —naranja internacional, el mismo tono, humildad, ninguna, que el empleado por la industria aeroespacial para señalar sus instalaciones—.

¿Admirado? Por muchos: nada menos que entre nueve y diez millones de personas cada año van al puente por el simple placer de verlo: acuden más visitantes que a ningún otro monumento del mundo. También babean los ingenieros —ese gremio de prepotentes que imaginan a la humanidad manejada por fórmulas que puede resolver una calculadora de bolsillo—, que flipan todavía con el milagro de la estructura colgante construida a lo largo de cuatro años y, hasta 1962, la más larga del mundo (1,28 kilómetros en suspensión y 2,7 si añadimos los accesos) y una de las más altas (75 metros desde la plataforma hasta el agua). El puente figura en todos los top ten de las obras de arquitectura e ingeniería más famosas del siglo XX.

¿Millonario? La duda ofende. Tanto como corresponde a una vía de comunicación entre uno de los condados más ricos de los EE UU, Marin —refugio de potentados y estrellas de cine— y San Francisco, que no se queda atrás en coste de vida astronómico. La construcción costó unos 35 millones de dólares de los años treinta, mucho dinero, sobre todo tras el crack de 1929. Si se trasladase la cantidad a día de hoy, aplicando las fórmulas económicas de ajuste, representaría 1.200 millones de dólares (casi mil millones de euros). La inversión inicial la aportó el banquero Amadeo Giannini, hijo de italianos de Liguria que se convertiría en el fundador del Bank of America —la segunda corporación financiera más poderosa de los EE UU hoy y una de las más arteras según los indignados—. El coste de la obra fue amortizado hace cincuenta años y el puente, administrado y gestionado por un ente autónomo, el Golden Gate Bridge, Highway and Transportation District (al que se le suele llamar Golden Gate District) prevé unos ingresos para este año fiscal de 167 millones de dólares (133 millones de euros), cantidad que proviene en la práctica totalidad de los 40 millones de vehículos que cruzan la estructura anualmente y pagan entre 6 dólares, los turismos, y 42, los camiones de gran tonelaje.

¿Celebrity? Es el gran puente, la magia colgante, el más cinemático: actúa en más de cien películas, entre ellas 30 grandes producciones de Hollywood, desde Vértigo (1958) a Entrevista con el vampiro (1994), y ha sido atacado en las ficciones cinematográficas por alienígenas, la Masa o  pulpos gigantes. Con las ganas se quedó, según nos cuentan los servicios de inteligencia, Al Qaeda, alguno de cuyos simpatizantes grabó vídeos del Golden Gate con interés que iba más allá de la recolección de souvenires digitales. El supuesto yihadista no llamó la atención: el puente es la obra civil más retratada y filmada del mundo por aficionados.

Desde que vivo en San Francisco he ido al puente muchas veces, de día y de noche: para admirarlo y para sorprenderme de su magnetismo icónico (en el sentido ortodoxo: un objeto que va más allá de lo simbólico para alcanzar un carácter sagrado); para mentar la madre a los japoneses con bicicletas alquiladas que están a punto de atropellarte al mínimo descuido y a los gringos que acuden para lucir el atuendo de triatleta de haute couture high tech; para mondarme con los argentinos gritando con acento barrabravista “¡que bello que sos!” y de las excursiones de bachilleres de la Costa Este que entonan el mantra nacional ¡oh my God, it’s amazing!, para, en fin, sufrir el vértigo de la estructura móvil que, bajo los pies, se balancea con nada poético paso incesante de vehículos y el más lírico y vivificante vient0 que llega del océano, al oeste, y entra en la hermosa bahía de San Francisco, al este…

Ahora ya no puedo ver al puente con los mismos ojos de inocente recién llegado, no puedo cautivarme por el ensueño de color naranja internacional, de los cables y torres-escultura que presiden la entrada a uno de los enclaves naturales más bellos que conozco.

Algo ha cambiado en mi mirada. El Golden Gate me parece un monumento a la muerte. Aún peor: un recordatorio de que a casi nadie le importa la tragedia de sus semejantes.

El vídeo es un montaje resumido a partir de escenas del documental The Bridge (Eric Steel, 2006) —aquí pueden verlo completo, lo recomiendo—, la primera película en presentar imágenes explícitas de un tema tabú: los suicidios en el Golden Gate Bridge y la falta absoluta de voluntad política y social por evitarlos.

Desde que se inaguró, casi 1.600 personas (no hay un censo exacto) se han matado lanzándose desde el puente, el lugar del mundo desde el que más suicidios se cometen, a una media de entre dos y tres por mes.

¿Se podrían evitar los suicidios? La respuesta quizá esté en la nota que dejó una de las personas que se tiró desde el puente: "¿Por qué lo ponen tan fácil?".

Es realmente fácil si uno está decidido a morir, si crees que tu presencia en el mundo es un estorbo, si la bilis negra te ha invadido, si sufres tanto que el alivio pasa por la aniquilación. La barandilla tiene 1,20 de altura, no hace falta esfuerzo para pasar una pierna por encima sea cual sea tu talla o condición. Según el diseño original debería haber sido más alta, pero la rebajaron para no “entorpecer” la vista.

También fue una decisión de último momento, y también fue estético el razonamiento, no añadir una barrera antisuicidios en forma de malla metálica o red, tal como la que tienen, por ejemplo, el Empire State, la Torre Eiffel o todos los monumentos y puentes peatonales del mundo.

Hay dos groseras realidades en torno a la barrera-red. Primera, durante la construcción del puente hubo una red instalada para proteger a los obreros de accidentes: 19 se preciptaron al vacío y todos se salvaron. Segunda: el primer tramo del puente desde el lado de San Francisco sí tiene una malla —vean las fotos de abajo—, pero es para evitar que los posibles suicidas escojan esa zona para lanzarse, porque abajo no hay mar, sino las antiguas instalaciones militares de Fort Point y los cuerpos podrían caer sobre turistas.

El libro The Final Leap. Suicide on the Golden Gate Bridge (El último salto. El suicidio en el Golden Gate Bridge)—, escrito por John Bateson, director de un centro de prevención del suicidio y ayuda a suicidas potenciales, y editado hace unos meses por la University Of California Press, incluye un apéndice de 34 páginas de letra menuda con el nombre, apellido, edad y sexo de cada uno los suicidas de los que se tiene conocimiento hasta finales de 2010 —la misma relación, pero sin la identidad puede encontrarse en la web de la madre de uno de de ellos, un chico de 20 años, Matthew Whitmer, cuyo cuerpo nunca fue encontrado tras mandar un sms a su mejor amigo (“peace out”, una forma de decir adiós) y saltar desde el puente—.

Es la obra definitiva y más completa sobre el delicado asunto que el cuerpo socio-económico de la ciudad de San Francisco parece querer evadir: la convivencia con el monumento desde el que se matan más personas, la cíclica negativa, desde hace treinta años y siempre por motivos meramente estéticos, a colocar un sistema que disuada a los suicidas, y la amplia onda de dolor que expande el Golden Gate —por cada suicidio hay por término medio seis personas afectadas de manera directa, de modo que los 1.600 han causado un intensísimo e incurable dolor a casi 10.000 personas—.

"Si hay red, los suicidas se irán a otro lugar para suicidarse", se podría arguir. Los especialistas dicen que no, que el fácil acceso al lugar (andando), la ridícula barandilla, la muerte casi segura tras la caida —impacto con el agua a 120 kilómetros por hora, rotura de casi todos los huesos y órganos internos vitales del cuerpo y laceraciones gravísimas— y también el magnetismo del lugar (lo que el padre de un suicida llamó "el mito de la muerte limpia y perfecta, la regla dorada del suicidio") tienen mucho que ver con la elección. Otro dato: ninguno de los escasos 32 supervivientes declaró que tuviera un plan alternativo de suicidio, otra localización.

Hay demasiado sinsentido en torno al asunto. Unos cuantos ejemplos: las cámaras de vídeo-vigilancia están dedicadas prioritariamente a asuntos de “seguridad nacional”, es decir y hablando en plata, a vigilar personas con aspecto árabe; los teléfonos ‘anti-crisis’ situados en las entradas del puente no conectan con especialistas en prevención de suicidios, sino con la Policía; las farolas del puente están numeradas para que sea más fácil a los testigos avisar desde donde saltan los suicidas…

Muchos padres de suicidas se han agrupado en The Bridge Rail Foundation, cuyo fin primordial es conseguir que el Golden Gate Bridge District decida de una vez colocar una red.

Tras mucha reacción negativa de las autoridades y de la opinión pública —el turismo es la principal industria de San Francisco y el Golden Gate es la joya de la corona de la ciudad, la gran dinamo que pone en funcionamiento muchas cajas registradoras—, los gestores del puente aprobaron en 2010, refunfuñando, la instalación de la red.

El estudio técnico previo lo pagaron fondos estatales (7 millones de dólares). Concluyeron que el sistema costaría 50 millones (40 millones de euros). Ahora, el District dice que no tiene dinero para afrontar la inversión.

Podían empezar ahorrando el millón y medio de dólares del festival pirotécnico de mañana para celebrar el 75º aniversario. Lanzar fuegos de artificio en un trampolín desde el que han saltado hacia la muerte 1.600 seres humanos no es de buen gusto.

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Vidas y sueños centenarios

Al mundo le crecen arrugas a ritmo de vértigo. No tienen nada que ver con la angustia provocada por los desastres, la política del abuso, la economía del desfalco o la incontinencia social. Son arrugas en la piel, cicatrices del tiempo, marcas del relojero biológico…

La señora Erna Kalies (arriba, segunda por la izquierda) nació el 6 de septiembre de 1908, es decir, cumple 104 años en unos meses. Ella sabe de relojes y de la necesidad de ser selectivo con tu agenda interior para que las manecillas no te hagan demasiado daño: “Trabajé toda mi vida cosiendo vestidos para las mujeres de centenares de políticos, pero no recuerdo sus nombres”. Lección práctico-moral: no es necesario recordar el nombre de un estadista para llegar a los 104.

Abandonemos desde el principio el adjetivo mayores, amañado para cócteles en los que la corrección léxica tiene la misma importancia que la marca de zapatos, y el insolente diminutivo viejitos. Son viejos –una de las acepciones del diccionario es poesía mayor: “Que no es reciente ni nuevo”–. Simple y orgullosamente, viejos. Tus abuelos, vaya.

"Asocio la palabra viejo con madurez, sabiduría, dignidad…", dice el fotógrafo alemán Karsten Thormaehlen, que tiene 47 años pero sabe bastante de los viejos más viejos, los centenarios. Ha retratado a varias decenas para el proyecto Jahrhundertmensch (Centenarios), que se acaba de editar en libro en versión bilingüe inglés/alemán (Editorial Kehrer) con el título Mit hundert hat man noch Träume (Con cien años todavía se sueña). El impulso inicial le llegó cuando en un diario de provincias vio una foto (“técnicamente muy pobre, indignante”) de un centenario local en su fiesta de cumplesiglo.

El número 100 tiene buena prensa. Los numerólogos lo relacionan con el absoluto, dios, la superación de la nada y el infinito; los italianos dicen “cent’anni!” para enunciar buenos deseos; los hindús besan los pies de los centenarios para obtener buena suerte… Algunos gobiernos sacan partido de la ternura universal que despiertan los ancianos, y ya que no suben las pensiones (cuatro de cada cinco viejos no cobran ninguna prestación pública, según la ONU), aprovechan para hacer relaciones públicas: en  EE UU los centenarios reciben una carta manuscrita del presidente; en el Reino Unido, de la reina; en Suecia, un telegrama; en Japón, una taza de plata del primer ministro; en Irlanda, única excepción a la extendida palmadita en la espalda, les ingresan una paga de 2.500 euros; en España, ni las gracias…

Los centenarios alemanes de las fotos fueron obligados a llevar prendas claras para contribuir a la atmósfera positiva que el fotógrafo buscaba en los retratos, pero las cosas no fueron fáciles en el estudio. “Muchos se sentían incómodos, especialmente los hombres, que no sabían hacia dónde mirar o qué hacer. Algunas mujeres, por el contrario, estaban en su salsa. La vanidad es una de las virtudes más fuertes del ser humano, supongo”, dice Thormaehlen, que además del matiz discutible de la última frase, no tiene problema en revelar que en la serie hay algo de fingimiento: “La felicidad que demuestran es solo parcial. Encontré a muchos centenarios deprimidos que querían estar felices en la foto. La buena salud que aparentan es también relativa. Algunos estaban en silla de ruedas; otros, casi ciegos, sordos o enfermos; otros fallecieron al poco tiempo”.

En el mundo hay cada vez más centenarios

Los datos oficiales hablan de un crecimiento que suena a disparate: desde 1950 han aumentado en un 1.800%, de 23.000 a 455.000 (6.000 en España). Las proyecciones demográficas –con una esperanza de vida que ha crecido 21 años en el mismo periodo: de 46,6 a 67,6– dibujan una aceleración aún mayor: en 2050 habrá 4,1 millones de centenarios en el mundo (50.000 en España).

La esperanza de vida será entonces de 75,5 años y la Tierra tendrá 395 millones de habitantes con más de 80 años y 2.000 millones con más de 60. Será un planeta donde solo habrá cuatro personas en edad laboral por cada viejo (la proporción es ahora de 12 a 1). El panorama ha sido calificado por los expertos como una “novedad histórica espectacular”.

Gustav Weick (tercero por la izquierda en las fotos), tiene clara la razón que le ha permitido llegar a los 102 años. Nada que ver con los genes, la alimentación o la forma de vida.”Estoy aquí –dice– porque tuve mucha suerte en las dos guerras mundiales”.

Los científicos que estudian a los centenarios no están tan seguros de que se trate de una mera cuestión de buena fortuna superar el siglo. Aunque en el último congreso de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología se atrevieron a fijar porcentajes para explicar el milagro de la longevidad: el 75% depende del ambiente (nutrición y hábitos dietéticos y sociales) y el 25 de la genética, hay indicios sobre diferencias bioquímicas –mayores niveles de algunas enzimas, de las vitaminas A y E, de ciertas células sanguíneas y un pequeño grado de hipotiroidismo–.

Al complejo debate se suma el misterio de las Zonas azules, cinco regiones del mundo donde el porcentaje de centenarios triplica la media mundial: las montañas de Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), una comunidad adventista de Loma Linda-California (EE UU), la península de Nicoya (Costa Rica) e Icaria (Grecia). ¿Que tienen en común sus vecinos? La dieta, rica en pescado, vegetales y cereales y con poca presencia de carnes y huevos; la actividad diaria; el bajo nivel de estrés; el respeto y consiguiente cuidado de los ancianos y, para pasmo de los científicos más empíricos, un alto grado de espiritualidad integrado en la vida cotidiana.

El fotógrafo Thormaehlen presintió algo que no es capaz de expresar verbalmente cuando retrató a sus centenarios. “Me eduqué en el humanismo y estudié filosofía. Siempre pensé que los mayores eran quienes tenían las respuestas, pero perdí esa creencia a medida que me hice adulto, porque nuestra sociedad equipara la vejez con debilidad, enfermedad, soledad y costes crecientes. Con estas fotos he vuelto a recuperar mi idea inicial, que los mayores son indispensables ¿Encontré el secreto de la longevidad retratando a los centenarios? Es imposible, claro, pero hay coincidencias que presentí en todos mis modelos. Creo que el secreto es un equilibrio entre lo que somos, la forma en que vivimos, qué y cómo consumimos y cómo nos relacionamos con nuestro destino y, como me dijo uno de ellos, no olvidarnos de respirar”.

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Una carrera par ‘elevar la moral’ (y desnudarse)

Acaso crean ustedes, si es que han leído alguna otra entrada de este blog, que los habitantes de San Francisco, sin diferencia de sexo, edad o condición, tienen una arcana necesidad de desnudarse en público. No andan errados: se despelotan a las primeras de cambio.

La oronda pareja de la foto hizo ayer la carrera popular Bay to Breakers, que se celebra desde hace 101 años el tercer domingo de mayo. La edición de 2012 reunió a 40.000 corredores inscritos. Entre 30 y 40.000 más participaron sin dorsal en el gran carnaval de la carrera.

Los 12 de kilómetros del recorrido atraviesan San Francisco desde el Embarcadero, al borde de la bahía (bay), y acaban en el extremo oeste, en Ocean Beach, donde el Pacífico se estrella contra los rompientes (breakers).

La competición seria la ganaron el keniata Sammy Kitwara, que ya se había impuesto en 2009 y 2010, y la etíope Mamitu Daska. Me parece que sólo les importa a ellos, que se repartieron 40.000 euros en premios. Los demás se dedicaron, sobre todo, a desbarrar.

El evento es san franciscano en un cien por cien: una oportunidad para dar gritos, divertirse, jugar al disfraz —desnudez incluida— y pillarse una borrachera afterhours: la salida es a las siete de la mañana y, aunque la carrera acaba en torno al mediodía, la fiesta se prolonga hasta entrada la tarde.

Desde el año pasado el consumo de alcohol está prohibido —el desmán alcanzaba proporciones proteicas incluso para una ciudad que lleva con tanta honra el pantagruelismo—, pero la vigilancia y la represión son bastante light (los agentes incautan y tiran a la basura las latas y botellas que cantan demasiado) y la imaginación muy heavy: raciones de gelatina de vodka o whisky, pistolas de agua cargadas con otros líquidos, tanques colgados a la espalda…

La carrera, la más antigua del mundo en celebrarse de manera continuada —durante la II Guera Mundial hubo ediciones con sólo medio centenar de participantes—, responde al objetivo de los primeros organizadores: elevar la moral de los habitantes de la ciudad tras el desastroso terremoto de 1906.

Que la moral sigue elevada lo pueden comprobar con las fotos que siguen.

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El día de la serpiente
La Dama del Laberinto, la cantante que todo lo tritura, nos recibe, reptante, en su cueva, en el Moloch de Manhattan. La diosa del ‘avant-garde’ cambia de piel ante nuestros ojos: le gusta la «música enferma» y teme la muerte de sus padres.
En las fatigadas entrañas del palacio de Cnossos, en la isla griega de Creta, fueron encontradas dos figuras minoicas. Son un par de mujeres de largas túnicas que dejan al aire los pechos. Ambas sostienen serpientes en las manos alzadas. Simbolizan a la Gran Madre, la Dama del Laberinto, fundamento de arcaicos y fervientes cultos en cuevas que podemos imaginar como de luz escasa, fetidez acuosa y forma laberíntica.
Otra cueva, cuatro mil años más moderna que la guarida de las diosas-serpiente: Manhattan, el ostentoso escaparate de Babilonia. Soleado mediodía de octubre en la Quinta Avenida, uno de los groseros tajos hendidos de norte a sur en la isla robada a los indios nativos a cambio de 24 dólares y hoy convertida en altar de Occidente. Campo de carroña para todos los zopilotes encorbatados.
En el sereno jardín de la First Presbyterian Church, la Iglesia de los patriotas, a la sombra de un ginkgo, una joven navegapor Internet con su laptop. En la acera de enfrente, porque los hijos de las tinieblas rondan en las inmediaciones de los templos, La Serpiente repta.
«¿Pusiste en el capuccino la cocaína que te dije?», pregunta al camarero. El restaurante se llama Danal. Es bohemio, culto y liberal, como todo el barrio de Gramercy Park. El camarero es correctamente amanerado, correctamente barbilampiño, correctamente newyorker: otro pibe efébico en las fauces de Moloch. Bromea con La Serpiente. «¿Cuántas Sarah Palin habrá este Halloween?». Las carcajadas son antiguas. Huelen a tierra. En el hilo musical, la voz de un negro: Bright blessed days / dark sacred nights.
Tras dos días de lluvia («tirada en la cama, triste, con mi gatita Serafina, las dos hundidas y llorando desoladas»), La Serpiente está radiante. Ha cambiado de piel y ha reparado las heridas del ahogo. Afila los colmillos: «Si me quedase una semana de vida, haría daño a todos los que me dañaron. No, no me quedaría mirando las flores. Los asesinaría a todos. Uno por uno, lentamente». Es fácil imaginarla: una mujer con un cuchillo de trinchar.
La Serpiente es una mujer, por supuesto. Cómo no, de origen griego con ascendientes asirios y armenios. Las cédulas administrativas dicen que se llama Diamanda Galás y nació el 29 de agosto de 1955 en San Diego, al sur de California y «a diez minutos de México». Hija de Dimitri y Giorgia. Podría ser una diva de la ópera (canta como si lo fuese y la crítica la considera la mejor voz de su país). Acaba de ofrecer dos conciertos espléndidos en el Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid. Fueron como escaleras hacia el subsuelo. Pero La Serpiente ha decidido, como buen reptil, hablar con los muertos.
«Mi madre dice que mi modo de cantar viene de otro tiempo, de la estirpe de las moiroloias, las mujeres de la península de Mani que cantaban lamentos funerarios». Analogía número 1: las moiroloistas eran evitadas por los hombres. Como La Serpiente, que limita a una palabra su consideración del género masculino: «Bastardos». Analogía número 2: los sacerdotes consideraban que los gritos rituales ante los cadáveres de las mujeresbramantes eran impíos. El Vaticano y la Democracia Cristiana italiana tildaron a La Serpiente de sacrílega («más blasfema que Madonna», dijeron oficialmente) cuando representó en Roma, en 1993, The masque of the read death, uno de los oratorios del ciclo de canciones-rugido sobre la cruzada antisida de los purpurados.Retrato de La Serpiente: pantalón pitillo y chaleco negros, reloj con pulsera de perlas, sonrisa de alambre, gesticulaciónneorrealista de recolectora de arroz, de trabajadora industrial —brazos disparados, muchos voltios en las piernas-araña—, tatuaje en los nudillos de la mano izquierda (we are all HIV+, todos somos seropositivos), ojos de rayos X casi verdes, una mueca eterna de labios… Pica faláfel y ensalada, unta humus en un trozo de pita, bebe té con hielo. Carcajadas como rascacielos y marfil trazador en la boca.
Sabe lo que dice. No le gustan las palabras-pendejada («no se debe jugar con las palabras, cada una es importante»). «No dejo de escuchar bandassonoras de películas de terror, compuestas para provocar miedo. Películas extrañas y difíciles de encontrar sobre humanos que se convierten en cocodrilos o serpientes, sobre humanos que son devorados por gusanos, documentales sobre animales… Me gusta la música enferma»
[mi entrevista a Diamanda Galás]

El día de la serpiente

La Dama del Laberinto, la cantante que todo lo tritura, nos recibe, reptante, en su cueva, en el Moloch de Manhattan. La diosa del ‘avant-garde’ cambia de piel ante nuestros ojos: le gusta la «música enferma» y teme la muerte de sus padres.

En las fatigadas entrañas del palacio de Cnossos, en la isla griega de Creta, fueron encontradas dos figuras minoicas. Son un par de mujeres de largas túnicas que dejan al aire los pechos. Ambas sostienen serpientes en las manos alzadas. Simbolizan a la Gran Madre, la Dama del Laberinto, fundamento de arcaicos y fervientes cultos en cuevas que podemos imaginar como de luz escasa, fetidez acuosa y forma laberíntica.

Otra cueva, cuatro mil años más moderna que la guarida de las diosas-serpiente: Manhattan, el ostentoso escaparate de Babilonia. Soleado mediodía de octubre en la Quinta Avenida, uno de los groseros tajos hendidos de norte a sur en la isla robada a los indios nativos a cambio de 24 dólares y hoy convertida en altar de Occidente. Campo de carroña para todos los zopilotes encorbatados.

En el sereno jardín de la First Presbyterian Church, la Iglesia de los patriotas, a la sombra de un ginkgo, una joven navegapor Internet con su laptop. En la acera de enfrente, porque los hijos de las tinieblas rondan en las inmediaciones de los templos, La Serpiente repta.

«¿Pusiste en el capuccino la cocaína que te dije?», pregunta al camarero. El restaurante se llama Danal. Es bohemio, culto y liberal, como todo el barrio de Gramercy Park. El camarero es correctamente amanerado, correctamente barbilampiño, correctamente newyorker: otro pibe efébico en las fauces de Moloch. Bromea con La Serpiente. «¿Cuántas Sarah Palin habrá este Halloween?». Las carcajadas son antiguas. Huelen a tierra. En el hilo musical, la voz de un negro: Bright blessed days / dark sacred nights.

Tras dos días de lluvia («tirada en la cama, triste, con mi gatita Serafina, las dos hundidas y llorando desoladas»), La Serpiente está radiante. Ha cambiado de piel y ha reparado las heridas del ahogo. Afila los colmillos: «Si me quedase una semana de vida, haría daño a todos los que me dañaron. No, no me quedaría mirando las flores. Los asesinaría a todos. Uno por uno, lentamente». Es fácil imaginarla: una mujer con un cuchillo de trinchar.

La Serpiente es una mujer, por supuesto. Cómo no, de origen griego con ascendientes asirios y armenios. Las cédulas administrativas dicen que se llama Diamanda Galás y nació el 29 de agosto de 1955 en San Diego, al sur de California y «a diez minutos de México». Hija de Dimitri y Giorgia. Podría ser una diva de la ópera (canta como si lo fuese y la crítica la considera la mejor voz de su país). Acaba de ofrecer dos conciertos espléndidos en el Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid. Fueron como escaleras hacia el subsuelo. Pero La Serpiente ha decidido, como buen reptil, hablar con los muertos.

«Mi madre dice que mi modo de cantar viene de otro tiempo, de la estirpe de las moiroloias, las mujeres de la península de Mani que cantaban lamentos funerarios». Analogía número 1: las moiroloistas eran evitadas por los hombres. Como La Serpiente, que limita a una palabra su consideración del género masculino: «Bastardos». Analogía número 2: los sacerdotes consideraban que los gritos rituales ante los cadáveres de las mujeres
bramantes eran impíos. El Vaticano y la Democracia Cristiana italiana tildaron a La Serpiente de sacrílega («más blasfema que Madonna», dijeron oficialmente) cuando representó en Roma, en 1993, The masque of the read death, uno de los oratorios del ciclo de canciones-rugido sobre la cruzada antisida de los purpurados.

Retrato de La Serpiente: pantalón pitillo y chaleco negros, reloj con pulsera de perlas, sonrisa de alambre, gesticulaciónneorrealista de recolectora de arroz, de trabajadora industrial —brazos disparados, muchos voltios en las piernas-araña—, tatuaje en los nudillos de la mano izquierda (we are all HIV+, todos somos seropositivos), ojos de rayos X casi verdes, una mueca eterna de labios… Pica faláfel y ensalada, unta humus en un trozo de pita, bebe té con hielo. Carcajadas como rascacielos y marfil trazador en la boca.

Sabe lo que dice. No le gustan las palabras-pendejada («no se debe jugar con las palabras, cada una es importante»). «No dejo de escuchar bandas
sonoras de películas de terror, compuestas para provocar miedo. Películas extrañas y difíciles de encontrar sobre humanos que se convierten en cocodrilos o serpientes, sobre humanos que son devorados por gusanos, documentales sobre animales… Me gusta la música enferma»

[mi entrevista a Diamanda Galás]

Vejez, debería arder cuando cae el díaDylan Thomastenderé simplemente la ropa para ser niño con los bolsillos hartos de canicas y el corazón hambriento de suelosi quieres serlo debes regresar al patio, me digo, al lugar de la tierra pisada por mil zapatillas Keds antes y por mil zapatillas de no sé qué marcas despuéshacía calor y era sombra de rama lo que buscábamos para jugar a las canicas —metras, se les llamaba allá, con el tropicalismo indescifrable que provocan el sol blanco y la sensualidad del aire cargado—jugábamos una variante del gua hispano, el pico, más o menos idéntica, pero sin hoyo en el suelo: lo suplantábamos por un triángulo, que siempre me pareció muy bíbico y pertinente, porque una bola de cristal es una de las aproximaciones más eficaces que se me ocurren a la forma que debería tener la divinidadse jugaba con metras de muchos tipos (las irisadas eran las más vulgares), pero las partidas especiales, aquellas en las que ponías todo tu orgulo y mañas para vértelas con los rivales difíciles, se disputaban con grandes bolas de cristal, tres veces mayores que las normales: las llamábamos bolondronasmis favoritas, sin embargo, eran las de un solo color: simulaban ser opacas, pero si las colocabas ante el ojo y mirabas al sol, notabas un grado de transparencia teñida, una calidad de mundo extraterrenocuando no había rivales, en la soledad de mi cuarto, seguía jugando con mis metras: hacía carreras, practicaba la puntería y las formas sofisticadas de tiro con efectonunca me desprendí de ellas, hay centenares: las legué a mis hijos, siempre pensé que deberían ser popiedad de niños, calcen las zapatillas que calcen

Vejez, debería arder cuando cae el día
Dylan Thomas

tenderé simplemente la ropa para ser niño con los bolsillos hartos de canicas y el corazón hambriento de suelo

si quieres serlo debes regresar al patio, me digo, al lugar de la tierra pisada por mil zapatillas Keds antes y por mil zapatillas de no sé qué marcas después

hacía calor y era sombra de rama lo que buscábamos para jugar a las canicas —metras, se les llamaba allá, con el tropicalismo indescifrable que provocan el sol blanco y la sensualidad del aire cargado—

jugábamos una variante del gua hispano, el pico, más o menos idéntica, pero sin hoyo en el suelo: lo suplantábamos por un triángulo, que siempre me pareció muy bíbico y pertinente, porque una bola de cristal es una de las aproximaciones más eficaces que se me ocurren a la forma que debería tener la divinidad

se jugaba con metras de muchos tipos (las irisadas eran las más vulgares), pero las partidas especiales, aquellas en las que ponías todo tu orgulo y mañas para vértelas con los rivales difíciles, se disputaban con grandes bolas de cristal, tres veces mayores que las normales: las llamábamos bolondronas

mis favoritas, sin embargo, eran las de un solo color: simulaban ser opacas, pero si las colocabas ante el ojo y mirabas al sol, notabas un grado de transparencia teñida, una calidad de mundo extraterreno

cuando no había rivales, en la soledad de mi cuarto, seguía jugando con mis metras: hacía carreras, practicaba la puntería y las formas sofisticadas de tiro con efecto

nunca me desprendí de ellas, hay centenares: las legué a mis hijos, siempre pensé que deberían ser popiedad de niños, calcen las zapatillas que calcen