oraciones sucias

In 2005, author David Foster Wallace was asked to give the commencement address to the 2005 graduating class of Kenyon College. However, the resulting speech didn’t become widely known until 3 years later, after his tragic death. It is, without a doubt, some of the best life advice we’ve ever come across, and perhaps the most simple and elegant explanation of the real value of education.

We made this video, built around an abridged version of the original audio recording, with the hopes that the core message of the speech could reach a wider audience who might not have otherwise been interested.

Read the full speech here:
web.archive.org/web/20080213082423/http://www.marginalia.org/dfw_kenyon_commencement.html

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Creados iguales - Mark Laita

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, dice la Declaración de Independencia de los EE UU (1776). “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, coincide la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948).

Al fotógrafo estadounidense Mark Laita (Detroit, 1960) le resultaba complejo cuadrar la bondad supuestamente incuestionable de ambos documentos con la realidad de las calles. “En los EE UU crece el abismo entre ricos y pobres, aumenta el choque entre conservadores y liberales e incluso lo bueno y lo malo parecen más polarizados que nunca”, dice en la declaración de objetivos de Created Equal (Creados Iguales), el proyecto con el que intentó reaccionar contra las antagonías que damos por supuestas.

Turbadora colección

El resultado es una turbadora colección de dípticos donde los roles sociales, ideológicos y económicos quedan desdibujados por las similitudes, la esencia profunda de los modelos, contrapuestos con ánimo manipulador y políticamente incorrecto pero con un deseo final que retorna a las declaraciones primarias sobre la igualdad inherente a todos los seres humanos. “Mi único deseo fue recordarnos que todos nacemos iguales, hasta que nuestro ambiente, circunstancia o destino nos moldean o erosionan para converirnos en los que somos”.

Siguiendo la huella de In the American West (En el oeste de los EE UU), el proyecto viajero con el que Richard Avedon quiso formular un canto epifánico a las personas que no suelen gozar ni siquiera del derecho a su imagen o su belleza, Laita llevó durante ocho años al marco inocente de un estudio con fondo apagado e iluminación directa a varias decenas de seres humanos que, más allá de sí mismos y su circunstancia, pueden ser fácil presa del lugar común y la categorización. Para ahondar en la polarización, con frecuencia ajena a los protagonistas, el fotógrafo los presenta en dípticos que en apariencia podrían ser interpretados como imágenes incompatibles o proyecciones opuestas.

¿Qué tienen en común una culturista y una ‘drag queen’?

¿Hay algo en común entre una pandilla de motoristas y un grupo de monaguillos?, ¿entre una dotación policial y un atracador de bancos?, ¿entre un proxeneta con sus chicas y un polígamo con sus esposas?, ¿entre un grupo de prostitutas y otro de monjas?, ¿entre una culturista y una drag queen?, ¿entre un pastor baptista y un supremacista ario?, ¿entre una pareja de adolescentes amish y otra de chicos punk?… La respuesta no es tan fácil como dictan la razón y los cánones de lo correcto y, ante las fotos, al espectador le asaltan las dudas.

Created Equal —que está publicado en libro por la editorial Steidel— expone la incontestable conexión entre lo que entendemos como antitético porque previamente hemos aplicado filtros, deducciones no siempre basadas en la humanidad consuntancial de cualquier persona, prejuicios sociales o culturales, escrúpulos y convencionalismos. El proyecto, según los editores, añade luz “sobre las nociones de identidad, clase y estilo de vida” al ejercer “comparaciones sorprendentes” mediante “conexiones improbables y contradictorias”.

Verificación y contraste

La geografía humana de Leita, un fotógrafo que se dedica sobre todo a la publicidad o a proyectos tan ajenos al documentalismo como la fotografía de serpientes, es una llamada, como el fotógrafo dice, a la verificación y contraste de nuestra propia tendencia a polarizar. Aunque reconoce que se comportó como un chico malo al acoplar pares de fotos buscando que el antagonismo fuese chocante, es decir, manipulando, afirma que su intención final es buena.

“Hice fotos de aquello que amo de mi país, lo americano. Me refiero al individuo que ha sido moldeado durante doscientos años de libertad e independencia, con todos los triunfos y derrotas que han sufrido los EE UU en su corta existencia. Es una colección de criaturas trágicas y hermosas, grandes y vulgares… Posan orgullosos, listos para el escrutinio”, resume.

One Day in History - Andrea Gjestvang

Durante el ataque indiscriminado contra los jóvenes noruegos que participaban, el 22 de julio de 2011, en un campamento en la isla de Utøya, el supremacista Anders Behring Breivik se llevó por delante la vida de a 69 personas. La fotógrafa Andrea Gjestvang se ha interesado por la difícil rehabilitación de los 517 chicos y chicas que sobrevivieron a la matanza.

Nacida en 1981 y establecida en Oslo, ciudad que también fue atacada con una bomba colocada por el mismo autor en los mayores atentados de la historia del país nórdico (77 muertos en total), la fotógrafa sintió que los atentados eran contra ella misma —una sensación que compartieron la mayoría de los noruegos aquel día— y quiso indagar en la existencia tras la tragedia de algunos de los que lograron salir con vida de la isla. Durante medio año se empeñó en retratar a los que lograron salvarse, aunque algunos de ellos habían resultado gravemente heridos por las balas de gran calibre disparadas por el atacante.

“Vivirán con las cicatrices”

“Más de la mitad de los supervivientes eran niños y jóvenes de menos de 18 años. Ahora han regresado a sus vidas: van a clase, salen con amigos y se enamoran. Se acuestan cada noche y se reflejan en el espejo cada mañana. Pero algo ha cambiado. Estos jóvenes supervivientes vivirán con las cicatrices, las visibles y las mentales, muchas de las cuales nunca curarán del todo”, dice Gjestvang en la descripción del proyecto One Day in History (Un día en la historia), una colección de retratos donde es palpable la dificultad para alcanzar la rehabilitación plena tras el trauma.

La calidez formal de las fotos de la serie —retratos de tonos cálidos y profundo respeto—  no evita mostrar la durísima senda que deben transitar las víctimas, visible en las miradas donde aún campa la incomprensión y en las secuelas físicas que algunos de los supervivientes exponen a la cámara con elevada dignidad.

Cecilie Herlovsen, de 17 años, muestra el muñón en que se ha convertido su brazo derecho, segado por una bala a la altura del codo; Ylva Schwenk, de 15, deja ver la piel aún sin cauterizar del cuello… Otros, como Alexander Sandberg, de 16, tienen el alma todavía rota, como es posible adivinar por el vacío tras los ojos.

“Una circunspección que no es de jóvenes”

Mientras algunos de los chicos y chicas que salieron con vida de Utøya han superado el dolor, o están en camino de superarlo, otros siguen marcados por las vivencias. “Tienen constantes pesadillas, perdieron [en el ataque] amigos, hermanos, novias, novios. Algunos están profundamente tristes, tienen una circunspección que no corresponde a una persona joven”, explica la fotógrafa en unas declaraciones a The Guardian en las que precisa que la sensación común que sintió entre las víctimas es que todas “han envejecido” demasiado violentamente.

One Day in History, que está publicado en libro por la editorial Pax, acaba de obtener el premio L’Iris D’Or de fotografía de los Sony World Photography Awards, dotado con 25.000 dólares (unos 19.000 euros). El jurado, que otorgó el galardón a Gjestvang por unanimidad, hizo pública una declaración en la que proclama que la serie de fotos es una “voz tranquila, reflexiva y, en última instancia, de gran alcance para los niños y los sobrevivientes de la masacre en Noruega. Todos estamos conmovidos por la dignidad y la belleza de estas imágenes”.

Jane Hilton: “Precious”

La fotógrafa inglesa Jane Hilton ha entrado en algunos de los burdeles de la única jurisdicción administrativa de los EE UU donde la prostitución está consentida y regulada por ley, el estado de Nevada. El resultado es Precious (Preciosa), un fotoensayo con retratos clásicos de las mujeres que trabajan en algunos de los 28 prostíbulos con licencia instalados en zonas desérticas y yermas del amplio paisaje del estado.

Las fotos, que se exponen en la galería Eleven Fine Art de Londres hasta el 25 de mayo, muestran a las prostitutas posando en sus lugares de trabajo. Son imágenes pactadas, de composición cuidada e iluminación suave, entre las rendijas de cuyo academicismo se cuelan detalles reveladores sobre las circunstancias en que se desarrolla el negocio.

Moonlite Bunny Ranch

Hilton frecuentó por primera vez los burdeles legales de Nevada cuando trabajó en un documental de la BBC en 2000. En aquella ocasión visitó un par de prostíbulos de la capital administrativa del estado, Carson City (la económica es Las Vegas), el Moonlite Bunny Ranch y el Kit Kat —ambos gestionados por Denis Hof, un personaje público y de cierta fama en los EE UU por sus apariciones en televisión y apoyo a causas políticas republicanas—. La fotógrafa regresó en 2010, convencida de que en los ranchos de prostitutas del estado había material para un buen fotoensayo.

Para Precious, Hilton decidió no limitarse a grandes emporios, como el Moonlite Bunny Ranch —con una plantilla de varias decenas de chicas y donde han trabajado como estrellas invitadas algunas actrices muy conocidas del porno audiovisual—, sino que visitó once locales, entre los que incluyó negocios modestos como Shady Lady’s y Angel’s Ladies, en las cercanías de Beatty, la puerta de entrada al Parque Nacional del Valle de la Muerte, donde en ocasiones la plantilla es de solamente un par de trabajadoras.

“Abandonar las ideas preconcebidas”

La fotógrafa, que convivió con las prostitutas viviendo en los burdeles, intenta que las fotos permitan “abandonar las ideas preconcebidas” sobre las mujeres que se dedican al negocio, procedentes de “muy diferentes orígenes culturales”, así como “poner en duda el canon tradicional de belleza”, ya que se trata de personas de “muy distintas edades y estilos de cuerpo”.

Eligió cámaras de gran formato y película química que exigen meticulosos preparativos. Lo hizo para exponer a las modelos a una posición de “vinculación emocional” con la experiencia de ser retratadas. “A medida que se hacían tangibles las cuestiones sobre sus apariencias y sus cuerpos, también aparecían emociones y sentimientos sobre sus trayectorias como trabajadoras. En algunos casos, se trató de experiencias muy positivas y catárticas”.

“Todas ellas son preciosas”

Hilton cita dos de las acepciones de la palabra precioso para apuntalar su relación con las mujeres retratadas. “Precioso es algo que tiene un valor único y también alguien a quien amas o quieres. Lo que la gente considera precioso es tan subjetivo como la belleza misma. Tras recoger los testimonios, dignidad y firmeza de carácter de estas mujeres decidí titular la serie Precious porque para mí todas ellas son preciosas”.

Entre las mujeres que posaron para Hilton están Chelsea, una ex toxicómana y adicta al sexo que quiere dedicarse a estudiar medicina legal para ser forense; Cassie, una muchacha optimista que desea dedicarse a los negocios, tener éxito y ser filántropa; una joven —no quiso dar el nombre— que fue testigo del asesinato de su madre por un marido maltratador; Nikki, que ahorra dinero para afrontar la educación del hijo al que cría sola, y Sonia, una mujer casada de 52 años que es escritora y se ha trasladado a vivir en un burdel con su marido para redactar un libro sobre la experiencia…

No documentales, pero tampoco complacientes

Aunque los retratos de Hilton no tienen nada que ver con la crudeza documental de la obra de los muchos reporteros que se han interesado por la prostitución —entre ellos Susan Meiselas, Alex Majoli, Patrick Zachmann y Miguel Rio Branco—, las fotos permiten una composición de lugar que no siempre conduce a la complacencia: paredes maltrechas, mobiliario con demasiada edad para seguir en uso, casetas sobre ruedas instaladas como lugares de venta de sexo en un paraje de inhóspita soledad…

En el mundo hay entre 40 y 42 millones de mujeres que se dedican a la prostitución, según estimaciones recientes. Un millón trabajan en los EE UU, casi todas ellas en la ilegalidad, porque sólo en Nevada hay leyes que permiten el trabajo desde la segunda mitad del siglo XIX. La legislación es restrictiva —sólo se consienten los establecimientos con licencia administrativa y situados en zonas despobladas— y algunos condados metropolitanos prohíben la prostitución, entre ellos los más poblados del estado, Las Vegas y Reno.

Mujeres de Argelia posando bajo coacción militar en 1960

Contra una pared, vigiladas por soldados armados, encerradas en un campo de internamiento y obligadas a descubrirse la cara para ser fotografiadas por primera vez.

Son mujeres de Argelia cuyas viviendas habían sido  bombardeadas poco antes hasta los escombros por los militares franceses que reprimían el levantamiento anticolonialista del Frente de Liberación Nacional.

Los retratos, realizados por el soldado y fotógrafo Marc Garanger, que tenía 25 años y había sido enviado a hacer la guerra por las autoridades francesas, fueron realizados en 1960. Los mandos militares, que querían tener fichadas a las mujeres y necesitaban retratos de identificación, ordenaron a Garanger que se encargara del trabajo: durante diez días, ayudado por un intérprete, hizo dos mil fotos para otras tantas cartillas de identidad.

Un par de soldados armados con rifles de asalto trasladaban a las detenidas al set —un muro de adobe encalado—, donde eran obligadas a descubrirse la cara y mirar a cámara, desprotegidas del velo que era su segunda piel y solamente se quitaban en presencia de los maridos y familiares directos, muchos de ellos detenidos por el ejército en los feroces raids represivos para combatir la insurreción argelina y llevados a los calabozos donde los militares utilizaban la tortura como estrategia primaria, aprobada por los responsables políticos y los mandos castrenses franceses, para obtener información.

“No tenían otra opción [que quitarse el velo]. Su única manera de protestar era a través de la mirada (…) Cuando se descarga un condensador, una chispa brota: para mí, la fotografía consiste en aprovechar ese instante de la descarga. En estas sesiones, sentí una emoción completamente loca. Fue una experiencia abrumadora, con un rayo en cada imagen. Me convertí en un espejo para el mundo, reflejando la iluminación que las mujeres me ofrecieron”, comenta Garanger, todavía hoy conmocionado, en unas declaraciones que acaba de publicar Time.

La colección de fotos fue publicada en un libro en 1970 y, desde entonces, ha sido expuesta de manera profusa. Muestra la rebeldía, el orgullo y el imposible mantenimiento de las ocupaciones imperialistas o coloniales. Las mujeres argelinas, más de medio siglo después, siguen siendo contemporáneas, reflejo de otras muchas.

En 2004 Garanger regresó a Argelia con la intención de buscar a las detenidas que habían posado para él en 1960. Todas a las que encontró guardaban las tarjetas de identidad con las fotos tomadas bajo coacción. En casi todos los casos, la imágen era el único retrato que tenían de ellas mismas. No les hacía falta ningún otro.